Antoni Aguiló: “El colonialismo de hoy se ejerce a través de algoritmos, big data y tratados de libre comercio” (primera parte)

La subjetividad del poder global hegemónico está en crisis. Y los proyectos de construcción de un nuevo sujeto histórico (o una lógica emancipatoria) fluyen. Sin embargo, el statu quo actual –un producto de la racionalidad neoliberal o modernidad capitalista– ha comenzado a emplear nuevos dispositivos (el entertainment, el ‘me gusta’) para bloquear el camino de horizontes alternativos. Anhela que todo (la sustancia hegeliana) se decida aún en la estructura y así, por un lado, legitimar la concentración de la riqueza y el poder en pocas; y por otro, instaurar nuevas relaciones de dominación.

El retroceso o depauperación del “moderno sistema-mundo”, postulado por Immanuel Wallerstein, ha agrietado el pensamiento occidental (o eurocentrismo), dando origen a nuevas resistencias epistemológicas o cosmopolitismos subalternos (globalización contrahegemónica). Esta nueva manera de pensar la historia y la sociedad –que constituye una fuerza posibilitadora del cambio paradigmático– es la que ha emprendido Antoni Aguiló, filósofo e investigador del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra.

Este luchador por los derechos del colectivo LGTBI, comprometido con los más débiles –los refugiados, la clase trabajadora marginada y sin voz–, acaba de publicar conjuntamente con el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos (Coímbra, 1940) –uno de los grandes pensadores contemporáneos– el ensayo Aprendizajes globales. Descolonizar, desmercantilizar y despatriarcalizar desde epistemologías del Sur (2019), en el que reflexionan sobre –como diría Hannah Arendt– los “tiempos de oscuridad” en los que vivimos, una época caracterizada por el avance de la ultraderecha a escala mundial, la degradación de la democracia, el neocolonialismo, la explosión de la desigualdad, la mercantilización del saber, la reacción violenta del patriarcado (ante los avances del movimiento feminista) y los abrumadores cambios en la geopolítica mundial.

En una entrevista con La Pensante, Antoni Aguiló proporciona mapas y coordenadas para comprender cómo la casta o el establishment (europeo o mundial) –mediante un abanico de mecanismos y procedimientos que funcionan de modo casi invisible (el lenguaje, por ejemplo)– naturaliza los intereses particulares de los poderosos y expulsa de la fiesta a los perdedores y marginados del progreso económico y el libre mercado, a fin de asegurar la reproducción del orden establecido o régimen de dominación neoliberal.

Pregunta: Explica que desde el siglo XV Occidente instauró y diseminó a escala mundial una visión de la realidad y la cultura atravesada por el eurocentrismo. ¿Cómo entiende el eurocentrismo?

Respuesta: El eurocentrismo es una especie de segunda piel tan adherida a nuestro cuerpo que ni siquiera somos conscientes de ella. Es una ideología supremacista formada por creencias, actitudes y prácticas que acabaron por convertirse en una mala costumbre. El ensayo ‘De la costumbre y de la dificultad de cambiar los usos recibidos’, de Montaigne, comienza con la historia de una mujer que desde pequeña había aprendido a cargar un ternero en el regazo. Con el tiempo, se convierte en buey, pero la mujer sigue llevándolo. Desde que nacemos bebemos la leche de las costumbres. Con el eurocentrismo ocurre algo parecido. Se refuerza de varios modos, por ejemplo, con la educación, y ejerce en nosotros una influencia tan poderosa que condiciona nuestra forma de ver y entender el mundo. Es el cemento que cohesiona el muro de las discriminaciones.

Es cierto que el etnocentrismo, el imperialismo y el patriarcado no son un “pecado” original de Europa. Pueblos no occidentales (aztecas, persas, otomanos chinos, etc.) construyeron sus propios imperios. No obstante, la modernidad europea potenció como nunca la obsesión por la superioridad europea y la conquista de la Tierra bajo la certeza incuestionable de que Europa era el motor de la historia. Se creía que los europeos poseían cualidades distintivas y referenciales que ningún otro pueblo o cultura poseía, o que las poseían en mayor medida, como la racionalidad, la libertad, la capacidad inventiva, la curiosidad y la tolerancia, entre otras, que se traducían en logros civilizatorios considerados superiores: la ciencia, la tecnología, la burocracia, el capitalismo, la industrialización, etc.

El eurocentrismo ha generado dicotomías que naturalizan y jerarquizan desigualdades, como centro y periferia, superior e inferior, civilizado y bárbaro, desarrollo y subdesarrollo, entre otras. El dominio eurocéntrico promueve esas desigualdades, moldea los imaginarios sociales y sofoca la posibilidad de un proceso cultural capaz de valorar positivamente la diversidad. Tenemos el deber de combatir el eurocentrismo como legado impuesto. Para ello es necesario invertir las preguntas: en lugar de ¿somos racistas?, deberíamos preguntarnos ¿cómo acabar con el racismo que hay en nosotros?

La portada del libro ‘Aprendizajes globales’. En él, Antoni Aguiló y Boaventura de Sousa Santos advierten que la democracia representativa ha sido secuestrada por el capitalismo financiero: “Una cosa está clara: el capitalismo usa la democracia cuando le sirve y, cuando no, la desecha (…). Tenemos una democracia política que responde más a los intereses del mercado que a los de los ciudadanos”.

Desde la década de los ochenta del siglo XX, Europa padece grandes problemas económicos y sociales (creciente desigualdad, concentración de la riqueza, exclusión social, auge de la ultraderecha, etc.). En ese sentido, ¿acaso esta crisis es también una crisis de la interpretación eurocéntrica dominante?

El eurocentrismo está en crisis, pero no ha muerto. Es la lógica que domina la producción global de conocimiento y configura nuestros hábitos perceptivos y relacionales. Es la lógica que sigue reproduciéndose en las escuelas, en los institutos de enseñanza secundaria y en los medios de comunicación de masas. Es la lógica que hace que te puedan torturar y matar por ser trans. Una lógica que hoy se renueva mediante discursos impregnados de supremacismo, racismo, machismo y xenofobia, como lo pone de manifiesto el crecimiento global de la extrema derecha. Es precisamente esta lógica la que nos lleva a reclamar aprendizajes globales y a explorar la posibilidad de construir otros mundos posibles, urgentes y necesarios.

En lugar de ¿somos racistas?, deberíamos preguntarnos ¿cómo acabar con el racismo que hay en nosotros?

Lo que está en crisis es la idea de que la clave para la lectura del mundo se encuentra en la visión occidental, aunque esta no ha dejado de ser hegemónica. La crisis del eurocentrismo se explica, en parte, por el surgimiento de grandes economías emergentes, como China y la India, pero también por la emergencia en el Sur global de una pluralidad de enfoques intelectuales interesados en revelar las contradicciones generadas por la modernidad occidental a partir de una perspectiva no eurocéntrica del mundo comprometida con las realidades vividas por las poblaciones periféricas, con sus conocimientos, sus formas de vida y sus estrategias de lucha. Entre estos enfoques pueden mencionarse la teología de la liberación, la pedagogía del oprimido de Paulo Freire, los estudios subalternos de la India, la teoría de la dependencia, la investigación-acción-participación de Fals Borda, los estudios descoloniales latinoamericanos, el corazonar de Patricio Guerrero, el feminismo descolonial y las epistemologías del Sur.

En Aprendizajes globales señalan caminos para poner en aprietos la hegemonía del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, que históricamente se han construido sobre lo que denuncian como un “pensamiento abisal” que legitimó la opresión, la explotación y la conquista. ¿Por qué, a pesar de que sus bases ideológicas están debilitadas, el pensamiento abisal eurocéntrico constituye aún la gramática de algunos partidos políticos y de instituciones supranacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Unión Europea?

Por una razón que a menudo se intenta hacer pasar por anacrónica: el colonialismo no terminó con las independencias. Estas significaron el fin de una forma específica de colonialismo, el colonialismo formal de ocupación. Ahora bien, como proceso social y cultural, el colonialismo permaneció en la mente de los colonizados y los colonizadores, solo que camuflado bajo diversos aspectos de la cultura y la vida cotidiana. A veces incluso disimulado bajo palabras grandilocuentes, pero vaciadas de contenido, como democracia, una palabra humillada con la que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se sienten cómodos. ¿Por qué? Porque no se refieren a una democracia dispuesta a redistribuir la riqueza, sino a una democracia puramente formal, procedimental, que sirve a la propuesta neoliberal y privatizadora del Estado, en la línea de las recetas económicas basadas en la austeridad aplicadas recientemente en Europa y de los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI en África y América Latina en la década de 1980, que incrementaron las desigualdades sociales. Lo vimos con la tragedia griega se Syriza. La Unión Europea, alrededor del eje franco-alemán, ha utilizado la deuda como forma de colonialismo interno con la que someter a los diferentes Estados, privándolos de soberanía para decidir las medidas a aplicar dentro de sus territorios. Ha convertido la democracia en una herramienta al servicio del modelo económico, político y social europeo de globalización neoliberal (pérdida de peso de la economía productiva a favor de la especulativa, tratados comerciales que anulan la poca soberanía de los Estados, demofobia, etc.). La vía electoral es insuficiente para la transformación social y política.

Colonialismo es la lógica que hace que te puedan torturar y matar por ser trans

¿Qué es, entonces, lo que tienen en común las viejas y las nuevas formas de colonialismo?

Comparten el hecho de trazar lo que Boaventura llama “líneas abisales”: una especie de muros que pueden ser tanto físicos como simbólicos y que constituyen una división radical entre lo verdadero y lo falso, lo que está bien y lo que está mal, lo normal y anormal, lo bello y lo feo, lo civilizado y lo atrasado y, en último término, entre lo humano y subhumano. Las líneas abisales pretenden convertir a los grupos sociales colonizados en seres inferiores, invisibles y prescindibles, en poblaciones a las que domesticar, explotar y controlar conforme a los intereses del capitalismo, del colonialismo y el patriarcado. Cuando, por ejemplo, un dirigente de Vox declaró que las mujeres tienen derecho a comer más o menos, a cortarse el pelo o las uñas, pero no a abortar, está tratando a las mujeres en conjunto como seres inferiores sin capacidad de decisión. Lo mismo que cuando Matteo Salvini llamó “carne humana” a los migrantes rescatados en el mar. Lo que hacen es precisamente reproducir la obsesión colonial que estigmatiza a los “diferentes” como inútiles, inferiores, despreciables, etc.

El colonialismo de hoy no se ejerce con cruces y espadas, sino a través de instituciones y mecanismos mucho más sofisticados: drones, algoritmos, big data, fake news, hedge funds, hipotecas tóxicas, economías de casino, Goldman Sachs, endeudamiento, fascismos sociales, guerras preventivas, capitalismo verde, pinkwashing, tratados de libre comercio, blanqueamiento de la piel, extractivismo, acaparamiento de tierras, cultivos transgénicos, leyes de extranjería, entre otras formas de dominación y control para hacer prevalecer los intereses de los poderosos. En el libro tratamos varias de las actuales dimensiones coloniales de Europa: el racismo y la xenofobia ante la crisis de los refugiados, el colonialismo interno, el fascismo financiero, los populismos de extrema derecha, el multiculturalismo, etc.

La Pensante

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