Antoni Aguiló: “El feminismo y el movimiento LGTBI son dos formas de combatir el fascismo social”

Antoni Aguiló

“El fascismo social que hoy promueve la extrema derecha global combina la defensa radical de los intereses del mercado capitalista con la difusión de ideas reaccionarias de tipo misóginas, racistas, sexistas y homófobas”. Así de contundente se muestra Antoni Aguiló, filósofo e investigador del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra, en una entrevista con La Pensante. El sábado 8 de junio se emitió la primera parte de esta conversación y esta vez publicamos el segundo fragmento donde disecciona, con lucidez e inteligencia crítica, el nuevo colonialismo (y el viejo), el racismo como instrumento de jerarquización y la crisis de la socialdemocracia.

En medio de la impecable y creciente fuerza del establishment (el poder es el poder), que defiende los mercados libres, la cultura de la puerta giratoria, la reducción del Estado, las leyes antisindicales, la xenofobia, el patriarcado y la democracia de señores o propietarios, el coautor del libro Aprendizajes globales. Descolonizar, desmercantilizar y despatriarcalizar desde epistemologías del Sur (2019) cree firmemente que ya es hora de que los movimientos sociales, feministas y LGTBI establezcan una política de alianzas orientada a edificar una alternativa (coherente, inclusiva y profundamente democrática) al neoliberalismo desenfrenado.

Pregunta: En los últimos años, a causa de la globalización neoliberal y el giro ideológico de la socialdemocracia, movimientos de extrema derecha han irrumpido en Alemania, Francia, Estados Unidos, España y Brasil, entre otros países. ¿Cómo deberían afrontar las fuerzas progresistas la emergencia de las diferentes formas de fascismo social?

Respuesta: El fascismo social es una expresión de lo que Achille Mbembe llama “necropolítica”: una forma de gestión social y política que expone a la desprotección y la muerte a determinadas vidas en detrimento de otras. La muerte se traduce en técnicas dirigidas al abandono, la exclusión, la criminalización, etc. El fascismo social declara la guerra a las vidas descartables para los intereses del sistema: las vidas precarizadas, las vidas racializadas, las vidas que habitan en las periferias pobres, las vidas sin techo, las vidas migradas sin papeles y, potencialmente, las vidas que transgreden el sujeto hegemónico blanco, occidental, de clase media, cristiano y heterosexual.

En general, el fascismo social que hoy promueve la extrema derecha global combina la defensa radical de los intereses del mercado capitalista con la difusión de ideas reaccionarias de tipo misóginas, racistas, sexistas y homófobas desde posiciones ferozmente antiizquierdas y antiprogresistas, como en el caso del Brasil de Bolsonaro. Allí el fascismo social ha favorecido la formación de alianzas entre distintos segmentos sociales: los neoliberales, los fundamentalistas evangélicos, los católicos conservadores, los nostálgicos de la dictadura, etc.

¿Cómo combatir el fascismo social? No hay respuestas definitivas, pero sí algunas indicaciones de urgencia. En primer lugar, los sectores progresistas no deben subestimar la amenaza fascista. Minimizar la influencia creciente de las posiciones autoritarias y regresivas sería un grave error. El problema es que las izquierdas fueron entrenadas para combatir el fascismo político que conoció el siglo XX, pero buena parte de ellas ha sido miope, e incluso complaciente, con el fascismo social, como lo ha demostrado el giro neoliberal de la socialdemocracia. En segundo lugar, las izquierdas deben recuperar la centralidad del debate político, hoy favorable a la derecha y la extrema derecha, que marcan la agenda discursiva. En tercer lugar, es imprescindible ampliar las alianzas y articular a diferentes escalas las resistencias antifascistas, enarbolando las banderas del feminismo, el anticapitalismo, el ecologismo, la diversidad sexual y de género, los derechos humanos, la diversidad epistémica, la laicidad, la libertad de expresión, la lucha antirrepresiva, la democratización de la democracia, el antimilitarismo, la igualdad racial y la educación crítica.

Los sectores progresistas no deben subestimar la amenaza fascista. Minimizar la influencia creciente de las posiciones autoritarias y regresivas sería un grave error

En este contexto, ¿qué papel desempeñan los aprendizajes globales por los que apuestan en el libro?

En 1950, Aimé Césaire, al principio de su Discurso sobre el colonialismo, dijo que la civilización occidental, tal y como había sido moldeada por siglos de régimen capitalista, había sido incapaz de resolver problemas como la cuestión colonial o la cuestión de clase, caracterizándola como una civilización “herida”, “decadente” y rendida. Necesitamos generar bifurcaciones que nos permitan salir de la crisis civilizatoria en la que Europa está atrapada. Los aprendizajes globales a los que apelamos apuntan en esa dirección. Son una tentativa de cruzar fronteras, como diría Gloria Anzaldúa, de buscar territorios comunes en los que crear resistencias (prácticas subversivas, disidentes, creativas) que resignifican las relaciones sociales, que abren grietas, renuevan la esperanza y hacen la vida más llevadera. Apuntan a la necesidad de inscribir en nuestra memoria, nuestro cuerpo y nuestra piel valores que muestran otros horizontes civilizatorios, como la oralidad, la interdependencia, el nosotros, la complementariedad, la pluriversidad, etc.

Desde la década de los noventa del siglo pasado se han ido edificando, sobre la base de una idea contrahegemónica, movimientos de resistencia, como el zapatismo o los foros sociales mundiales, por ejemplo, pero también, más recientemente, los llamados movimientos de indignación. ¿Qué papel debe cumplir la filosofía en el proceso de construcción de un cosmopolitismo subalterno orientado a superar el paradigma eurocéntrico?

Lo primero de todo es ser humilde y reconocer que hay mucha arrogancia y mucho sentimiento de superioridad en la filosofía occidental, a menudo presentada como un saber pretenciosamente universal, nada respetuoso con los saberes de las realidades no occidentales, sobre las que ha puesto en duda su capacidad de producir pensamiento filosófico, como hicieron Kant y Hegel. Nicolás de Cusa decía que la humildad, el reconocimiento existencial de la propia ignorancia, es el punto de partida necesario de la actitud filosófica. Antonio Machado decía, por boca de su personaje de ficción Juan de Mairena, que lo verdaderamente enciclopédico en el ser humano es su ignorancia, no su saber. Somos ignorantes enciclopédicos. El enciclopedismo fue una invención de la Ilustración. Hay que reivindicar la ignorancia humilde y antidogmática. Sin humildad no puede haber descolonización de ningún tipo.

La filosofía es una actividad que permite ampliar la inagotable capacidad humana de pensar, subvertir, crear, amar y resistir. En este sentido, la filosofía es amante de la rebeldía. Rebeldía concretada en luchas cotidianas por desnaturalizar la opresión y ensayar formas de estar en el mundo acordes con sociedades más igualitarias. Para ello la filosofía tiene que descolonizarse. Esto significa, entre otras cosas, crear prácticas capaces de visibilizar lo que fue situado fuera o al margen del canon filosófico occidental, valorar las experiencias de seres humanos apartados de la filosofía (indígenas, mujeres, LGTBI, negros, entre otros) y potenciar intercambios con otros lenguajes filosóficos y otros saberes (música, grafiti, danzas populares, etc.).

La filosofía es una actividad que permite ampliar la inagotable capacidad humana de pensar, subvertir, crear, amar y resistir

¿Cuáles son las tareas y desafíos más urgentes del feminismo y del movimiento LGTBI y por qué es esencial su descolonización?

Depende de los contextos. Sin embargo, son dos movimientos hermanos, expresión de una cultura política que lucha contra el régimen patriarcal y heterosexista. El reto es establecer una política de alianzas no solo coyunturales, sino con miras a un proyecto común plural y dialogante que recoja las aspiraciones y necesidades de cada movimiento, que pero también construya conocimientos y prácticas que presten atención a las relaciones entre el racismo, el colonialismo, la heterosexualidad obligatoria, el machismo y el capitalismo, en la línea de lo que viene apuntando el feminismo descolonial e interseccional.

En Europa, el reto común más urgente de ambos movimientos es afrontar el recrudecimiento de la misoginia y la LGTBfobia debido al auge de la extrema derecha. El feminismo y el movimiento LGTBI son dos formas de combatir el fascismo. Ponen en entredicho mensajes como el que género es el fundamento de la familia y esta, a su vez, la base de la nación y la tradición. Las organizaciones antifascistas clásicas tenían el problema del machismo y la homofobia. Hoy toca construir un antifascismo transversal, diverso e inclusivo.

La Pensante

Author: La Pensante

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *